La existencia de hijos menores es otra de las causas por las que la pareja separada sentimentalmente decide continuar viviendo en el mismo hogar, para evitar las habladurías, el qué dirán, o que los hijos sufran las consecuencias de la ruptura.
Esta situación les obligará a replantearse diversas reglas de convivencia y respeto mutuo. En primer lugar, comenzarán a dormir en habitaciones separadas o delimitar el acceso a espacios en común. Se pondrán de acuerdo en que ambos tienen la libertad para elegir una nueva pareja, pero que no podrán llevarla a la casa, por ejemplo.
Ante los gastos que implique la educación y sostén de los hijos menores, dividirán las cuentas de su manutención así como otros propios relacionados a la pensión escolar y el mantenimiento de la casa.
Por otro lado, lo perjudicial de continuar bajo el mismo techo, cuando el amor se ha terminado y no hay vuelta atrás, es que uno de los dos quiera seguir imponiendo sus reglas, creando de esta manera un clima insoportable para todas las personas que viven en el hogar.
Se da el caso de muchas parejas separadas que siguen bajo el mismo techo, que cuando están en su entorno amical o laboral son personas alegres, sociables, amables, y hasta comprensivas; pero basta que lleguen a su casa para transformarse en personas completamente opuestas, no se dirijan la palabra o que no quieran saber nada de lo que pasa ahí.
Seguir soportando ese calvario de vivir separados en un mismo lugar, sin buscar la reconciliación, ni dejar la casa por el alto costo social y económico que ello conlleva, solo podrá traer más conflictos en la pareja, además de los ya existentes.
Más allá de salvar las apariencias, y porque a la larga los hijos también se van a dar cuenta de ello, es importante que la pareja establezca reglas claras de convivencia, y busquen la asesoría profesional que los ayude a dilucidar si deben continuar actuando de esa manera.

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